Naturaleza, eso que está
feliz y opaco

ascendiente

verde y lejos
de nuestra plomiza grieta.

Eso que nos lame por dentro
nos llega y nos lleva
donde todo es silencio.
Quiero plácidamente entregarme a mí misma.
Todo lo que esconde mi balbuceo necio.
Ya no es tiempo de verdades
me recuesto en el silencio de este sueño semiabierto

Fuera las cortinas, ondean sonoras de murmullos, de roces
por este viento que pasa y no me habla de nada, me mira
mientras duermo lejana, tendida en un surco

Fuera la primavera
solloza su canto de ceniza
entre las nervaduras
de las hojas.
Mirada, qué sé yo, mira‐
dæ un sátiro confundido
de mí, terrible gesto contuso

Voy borrando mis elecciones
y mi destino que ni fue escrito

Sé que el trayecto siempre se bifurca
y al final seré sin arreglo
una incongruente mueca arrepentida.

Así que me voy viento, me voy humo
para que sólo quede mi reflejo escuálido y lejano
entre las hojas de un charco.


Ensordezco mis lamentos 
cuando recobra el viento mi cuerpo 
y me utiliza como escoba 
para barrer el cielo 
que sólo existe si tú estás dentro. 



No voy a entregarme a los perros infames 
que taladran y desmontan 
nuestra interfaz frágil y temerosa. 



He buscado la libélula transparente por el día 
la libélula, contacto entre la llave y el cerrojo 
ese clic rotundo y final, leyenda remota 



Somos la vajilla antigua que nadie usa, por eso 
no hacemos nunca la una para la otra 
y estancadas tartamudeamos como peces en la cafetera 
de los condicionales. 



Quiero que tú, o querría que yo, me tiraras o tirarte 
del cordón amarrado a nuestros pezones 
conectadas nuestras matrices por el ombligo 
y nos tirásemos la una hacia la otra, así 
hasta quedarnos sin suelo pero muy juntas
Las almas sin sangre
indecisas por el abismo hinchado
de sus bocas sin quejido

he leído nombres locos
en las piedras de mi tumba

y al canto de los dioses
no ha llegado mi memoria.
Quiero sólo un espantapájaros
un fantoche delicado
al que confesarme cuando ya
las acciones no tienen dueño.

Cuando la noche teje muy adentro
y el sabor metálico se filtra en mi boca

pregunto

en este escollo solitario, en la isla de tus brazos
Cuánto tardará el aroma de tu pecho
en probar la lúcida náusea, el lento éxodo.

Duermes tranquilo
nada turba tu mirada vuelta hacia ti

pareces casi desasido, resanado
de la terrible herida de la existencia.
Es la combustión del alma
que se apiada de mí
El retumbo fértil
que nunca me deja a solas
Son los versos necios de mi carne
que me traspasan y anulan

Que me engullen y trastocan
convirtiéndome en una colorida
máscara alegre.
Tengo siempre los dedos manchados
de baba y sangre.
Baba de gato, sangre mía.
Porque jugamos a través de círculos
proyecciones bidimensionales
de una imagen cóncava
que remite al abismo del aire
y lo palpable de los sentidos.

No hay nada más en última instancia
Yo y un gato
Atravesamos círculos con uñas y garras.

Maullamos y quejamos
nuestro idéntico destino.
¿Quieres ir al ruido?

Óyeme, oye
cómo se hiergue aquel cilindro
dentro, oye al cilindro
estirándose por mis intestinos
aplastándome la tráquea.

Óyelo, escúchalo
en todo su lento y oscuro
                                    silencio

Venéralo, es el único Dios
                                       que existe